El Teide, para mí, nunca ha sido solo una montaña ni un paisaje al fondo del horizonte. Es una presencia que me acompaña todos los días, un monumento natural que parece sostener el paso del tiempo mientras todo lo demás cambia. Desde la distancia —desde la vida cotidiana, desde los caminos que nos alejan y nos devuelven— siempre veo su silueta como una promesa de permanencia, como una voz que no habla con palabras, pero que enseña a escuchar.
Desde que llegué a la isla, hace ya más de 35 años, he crecido bajo su mirada, y con los años he comprendido que no se trata solo de admirar su grandeza, sino de reconocer en ella algo profundamente propio: una mezcla de quietud y fuego, de memoria y esperanza. El Teide es el lugar al que vuelvo al menos una vez al mes, porque la paz que hallo en él no me la da ningún otro lugar de la isla.

Este poema nace de esa relación íntima con un coloso que parece dormido y, sin embargo, siempre está ahí, despierto. Es un intento de expresar lo que siento al contemplarlo: la pequeñez que nos recuerda quiénes somos, la inmensidad que nos invita a seguir ascendiendo y esa certeza humilde de que, frente a su eternidad, nuestras palabras apenas rozan su superficie… pero aun así necesitan ser dichas.
Al Teide, eterno y callado
¡Oh amado Teide!
Te admiro desde lejos, colosal y dormido,
entre brumas que besan tu rostro de leyenda;
mientras el tiempo avanza, silencioso y vencido,
y en tu cuerpo de lava la eternidad descienda.
Tu voz no es de palabras, sino de fuego y viento,
de quietud que aguarda en la cumbre infinita.
Eres torre de siglos, eres todo el firmamento
que se funde en la tierra con gravedad bendita.
Mis pasos, sin fronteras, se rinden a tu cima,
buscando las alturas que rozan lo eterno;
porque anhelo tu quietud, tu fuego adormecido,
tu sueño de gigante dormido entre mis versos.
¡Oh estimado Teide!
Te seguiré ascendiendo, volcán callado y firme,
por senderos gastados de lava y silencio,
allá donde el recuerdo se deshace en cenizas
y la sombra se quiebra bajo el sol de tu aliento.
Y cuando en la distancia, me llamen otros vientos,
doblaré mis rodillas sobre tus piedras volcánicas,
hilando en los rincones tus secretos dormidos,
desnudando la bruma de tus noches icónicas.
Cuando el mundo se apague y las sombras avancen,
y los sueños se doblen bajo el peso del tiempo,
tú seguirás erguido, y en tu sombra descansarán
los ecos de una isla que vive en tu aliento.
Querido Teide,
cuando observo lo infinito de tus altas cumbres,
tus contornos de fuego, de nieve y de esperanza;
pienso en caminarte, con pasos siempre firmes,
sobre el mar de nubes o en el Bosque de la Esperanza.
Y si algún día muero y mis pasos se alejan de ti,
que mis cenizas reposen sobre tus llanuras en calma;
así sabré que por siempre viviré junto a ti,
pues guardarás en tu tierra los restos de mi alma.
2023 © Jablago (rev. 2025)
#sentioergosum
Gracias por leer este poema.
Las palabras a veces no explican, solo acompañan. 💙
Con ternura y versos,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo poemas para expresar todo aquello que no sé contar de otra forma. No para entender el mundo, sino para habitarlo con más belleza.



