Se dice que la capacidad de asombro, también llamada capacidad de maravillarse, es la habilidad de experimentar asombro, sorpresa y admiración ante lo nuevo, lo inesperado o lo extraordinario, ya sea en la naturaleza, en el arte, en las relaciones humanas o en cualquier aspecto de la vida.
Esta facultad, que es innata en la infancia, va menguando con el paso de los años, como si la costumbre cubriera nuestros sentidos con una pátina opaca. Si tiras de memoria recordarás que siendo niños, un charco podía ser un océano, el vuelo de un pájaro podía parecer un milagro, y un firmamento estrellado era algo increíble; pero al crecer, al saturarnos de información, al sobre estimularnos, al vivir con prisas y filtros, vamos perdiendo la capacidad de dejarnos tocar por lo simple y lo sublime. Y sin embargo, el asombro sigue estando ahí, aunque pasen los años. No se ha ido a ninguna parte. Sigue siendo una puerta sagrada, una grieta por donde entra la luz. Para mí es, quizás, uno de los motores más puros del aprendizaje, de la curiosidad y del amor por la vida.

La mirada que funda el mundo
Cuando el ser humano se asombra, funda un mundo. No hay exageración en esta afirmación. El asombro es el inicio del pensamiento filosófico —lo dijo Platón, lo repitió Aristóteles—, pero también es el principio de toda poesía, de todo arte, de todo verdadero conocimiento. El que se asombra no posee, contempla. No analiza, se entrega. Tampoco compara, simplemente se deja transformar.
No. No me he caído de la cama, te lo aseguro.
En un mundo donde todo se mide, se acelera y se archiva, la capacidad de asombro es una rebelión. Porque implica detenerse. Implica decir: «esto que veo, aunque lo haya visto mil veces, me conmueve hoy como si fuera nuevo». Implica no dar nada por hecho. Implica estar vivo con los ojos bien abiertos, no sólo los físicos, también los del alma.

Asombro ante la naturaleza
Pocas cosas reavivan esta capacidad como la naturaleza. Al menos en mi caso. Soy un apasionado de la naturaleza. Una tormenta eléctrica en la distancia. Las nubes y sus formas caprichosas. La perfección geométrica de una flor. El sonido del mar en una noche sin luna. Estos fenómenos no nos pertenecen, por eso se vuelven aún más preciosos. Nos recuerdan que hay un orden mayor, una belleza que no depende de nosotros, que no necesita aplausos ni explicaciones. Solamente podemos contemplarlos.
Hace poco, una persona a la que quiero mucho me compartió una fotografía que capturaba un grupo de nubes levantándose sobre el mar, cerca de una playa. Eso que para muchos pasa casi desapercibido, a ella le resultó precioso. Aquel día se despertó con esa sensibilidad y esa capacidad de asombro y vio en esas nubes y en ese paisaje algo digno de contemplar.
Y cuando volvemos a conectar con ese asombro natural, algo en nosotros se recoloca. Se diluyen las quejas, se relativizan los problemas. Es como si la vastedad de lo natural limpiara nuestra mirada de la mezquindad cotidiana. Sentimos entonces que formamos parte de algo más grande. Y eso, en tiempos de egos hipertrofiados, es casi una terapia espiritual.

Asombro ante el arte
También el arte, en cualquiera de sus formas, puede encender el asombro. Un cuadro de Picasso, un adagio de Arvo Pärt, un poema de Antonio Machado, una escena de una película que nos toca en un sitio que no sabíamos que teníamos… El arte no es un adorno. Es una necesidad. Porque nos obliga a mirar lo invisible, a escuchar lo inaudito, a percibir lo que va más allá de lo inmediato.
Y lo curioso es que no hace falta entender una obra para que nos asombre. A veces, no entenderla es precisamente lo que nos invita a quedarnos, a contemplar más allá de lo racional. El asombro estético nos arranca de la costumbre y nos coloca en una dimensión donde todo vibra con otro ritmo.

Asombro ante los otros
Quizá el terreno más difícil —y más fértil— para el asombro es el de las relaciones humanas. Porque tendemos a etiquetar (Clara habló en Substack muy bien de ello en esta carta), a encasillar, a repetir juicios sobre las personas que creemos conocer. Y al hacerlo, matamos el misterio. Matamos la posibilidad de ver al otro como un universo cambiante, inabarcable, único.
Volver a asombrarnos por alguien —por sus gestos, por su forma de mirar, por su risa inesperada— es volver a enamorarnos de lo humano. Incluso cuando no hay amor romántico de por medio. Es decir: «no te tengo descifrado». Es aceptar que cada persona es un lenguaje que nunca se termina de aprender. Y eso es, también, una forma de amar.

La pérdida del asombro
Pero no es fácil mantener encendida esta llama. Vivimos anestesiados por la inercia, por la rutina, por la tecnología que nos ofrece todo sin que lo busquemos. ¿Cómo asombrarse de una montaña si la hemos visto ya en mil fotos de Instagram con filtros? ¿Cómo maravillarse con una canción si solo la escuchamos de fondo mientras hacemos otra cosa? ¿Cómo admirar el rostro del ser amado si cada día lo miramos con los ojos de la costumbre y no con los del descubrimiento?
La pérdida del asombro no ocurre de golpe. Es una erosión lenta y silenciosa. Pero no irreversible. Porque el asombro no es sólo una facultad, es una decisión. Podemos educar nuestra mirada para asombrarse. Podemos volver a entrenar el alma para maravillarse. Basta con querer mirar como si fuera la primera vez. Basta con decirnos: «esto que veo hoy no lo volveré a ver nunca exactamente igual».
Yo, en el trabajo, cuando llego por la mañana a la oficina, saludo a los compañeros como si hiciera semanas que no los veo. Les pregunto qué tal llevan el día, y alguna que otra vez me dicen: «¿qué pasa Jaime? ¡Qué contento estás hoy!». Y no me pasa nada. Me pasa que pienso en que, posiblemente, mañana algo puede cambiar y no siempre puede que tenga la oportunidad de saludarlos efusivamente. No hay que dar NADA por sentado.

Recuperar la capacidad de maravillarse
Creo muy sinceramente que se puede recuperar el asombro. Quizá la clave esté también en el silencio. En aprender a mirar sin prisa. En saborear las cosas. En aprender a perder el tiempo —sí, perderlo— contemplando. En apagar el móvil una tarde y salir a caminar sin llevarlo encima. En hablar con alguien sin interrumpir. En leer un poema en voz alta, dejándose herir por las palabras. En observar a un niño o a un animal, que aún no han perdido ese fuego en la mirada.
Volver a maravillarse no es una regresión infantil (muchos lo creen así). Para mí, de hecho, es una muestra de madurez. Es reconocer que, por mucho que sepamos, nunca lo sabemos todo. Que el mundo aún tiene rincones inexplorados, incluso en nuestra propia casa, en nuestro propio cuerpo, en nuestra propia historia.
El que se maravilla no es ingenuo. Es valiente. Porque ha elegido no endurecerse. Porque ha elegido no vivir de espaldas al misterio.

Una reflexión desde lo íntimo
Yo intento mantener viva mi capacidad de asombro, creo que no la he llegado a perder del todo. La noto en los días grises, y no por el color del cielo, sino por mi mirada. La noto cuando todo me parece igual, predecible, plano. Y entonces procuro recordar lo esencial: el asombro no depende de lo que ocurre, sino de cómo lo miro.
No me asombra el sol porque brille más, sino porque he decidido detenerme y sentir su calor en la piel. No me asombra una palabra porque sea nueva, sino porque ha tocado algo dentro de mí. No me asombra un abrazo porque dure mucho, sino porque ha sido dado con verdad.
Y tú, que estás leyendo esto, quizá te preguntes: ¿y si hoy decido mirar como si fuera la primera vez? ¿Y si me permito, aunque sea por unos minutos, volver a maravillarme del cielo, del canto de un pájaro, de mi propia respiración, de una frase que me toque, de una persona que creía conocer del todo?
La vida no necesita ser extraordinaria para asombrar. La vida ya es extraordinaria. Lo ordinario —cuando se mira con ojos despiertos— es un milagro que sucede en voz baja.
Y a veces, basta con detenerse… para volver a oírlo.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



